los niños merecen esas muertes

lunes, 31 de octubre de 2016

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Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García
TomDispatch



¿Se merece o no Estados Unidos la muerte de sus niños?
Introducción de Tom Engelhardt

Es raro que se oiga a un autor decir “Mientras investigaba y escribía este libro sentía ganas de gritar”. Pero si nos detenemos en el título del libro de Gary Younge –Another Day in the Death of America: A Chronicle of Ten Short Lives (Otro día en la muerte de Estados Unidos. Una crónica de 10 breves vidas)– quizás no debería sorprendernos que cada día, cada semana, cada mes y cada año muera por disparos de armas de fuego un pasmoso número de menores en este país. Younge dedicó un tiempo importante a seguir la historia de 10 chicos estadounidenses que murieron en un solo día de noviembre de 2013 en incidentes ocurridos en todo el ámbito nacional.
Resultado de imagen para unicef

Después de todo, en estos días, Estados Unidos es un refugio y un paraíso para las armas. Es difícil encontrar otro país de la Tierra –excepto en algunos lugares como Siria o Afganistán, donde toda la población está sumida en unos desesperados conflictos de aniquilación mutua– en el que las armas de fuego están tan al alcance de cualquiera. Entre 1968 y 2015, la cantidad de armas de fuego en Estados Unidos se duplicó hasta alcanzar los 300 millones. Solo entre 2010 y 2013, los fabricantes de armas estadounidenses doblaron la producción hasta casi alcanzar los 11 millones de unidades al año. Además, esas armas se han hecho más mortíferas. Los fusiles de asalto como los que utilizan los militares y las pistolas semiautomáticas son ahora las armas elegidas para los asesinatos múltiples y los ataques terroristas de ‘lobos solitarios’ en este país. Casi en todos los casos, estos asesinos consiguen sus armas y la correspondiente munición (a menudo en cargadores capaces de dar cabida a entre 15 y 100 balas) en comercios completamente legales. Y es cada día más fácil portar armas con tal de que no se vean. En Missouri, hace poco tiempo se aprobó una ley que permite portar ese tipo de armas sin que sean necesarios permiso ni adiestramiento.

En estas circunstancias, nadie debería sorprenderse que mueran muchos menores por disparos de armas de fuego; las razones sobran. Aunque, créanme que el impacto no será menor cuando lean el perturbador y conmovedor libro de Younge. El autor ha sido periodista, columnista y editor en el británico 
The Guardian –con residencia en Estados Unidos durante largo tiempo–; hoy nos ofrece una mirada del saldo de muerte por disparos entre nuestros muchachos y la forma en que normalmente los estadounidenses nos explicamos ese saldo (o, mejor aun, la forma en que nos gusta encontrar una explicación convincente).

* * *

La matanza juvenil del culto estadounidense por las armas

En promedio, cada día siete niños y adolescentes son tiroteados en Estados Unidos. En muchos sentidos, las elecciones de 2016 serán sin duda trascendentales; sin embargo, la disminución de estas muertes no será uno de ellos. Para lidiar con tal cantidad de víctimas –2.500 menores muertos por año– un candidato necesitaría un riguroso plan para ocuparse de la cultura de las armas de fuego en Estados Unidos que fuera mucho más allá de la verificación de antecedentes. Además, el/la candidato/ta se vería obligado/da a comprometerse con la desigualdad, la segregación racial, la pobreza y la falta de recursos de la salud mental que se suman al contexto en el que este nivel de violencia deviene posible. Piense el lector en el enorme montón de yesca seca para el que la fácil disponibilidad de las armas de fuego es la chispa que precede al incendio. En el Estados Unidos de 2016, abogar por cualquier cosa como el tipo de políticas que podrían encajar con esas cuestiones convertirían instantáneamente a cualquier candidato en alguien poco convincente, si no inverosímil, al menos para los ricachones que hay financian las elecciones.

Entonces, los chicos siguen muriendo y, en ausencia de cualquier intento político o legislativo serio de enfrentar las causas de esas muertes, los medios y la clase política recurren a las excusas. Desde la denuncia de la mala educación en casa hasta la falta de responsabilidad personal, normalmente se inclinan por culpar tanto a la sociedad como a las personas. En estos momentos, hay un solo grupo organizado que carga con toda la culpa por esas muertes. El problema –se sugiere– no es la cultura estadounidense sino la cultura de la banda.

Mientras investigaba para mi libro Another Day in the Death of America... sobre los menores muertos a balazos en un sábado cualquiera de 2013 me quedó claro lo frecuente que es que se utilice la presencia de pandillas en los barrios donde mueren tantos de esos chicos para evitar pensar seriamente en el porqué de la que pasa. Si se puede describir un tiroteo como “relacionado con bandas” también es posible dejar de tenerlo en cuenta por formar parte de una ‘patología’ de la vida urbana, sobre todo si se habla de negros. En realidad, la causa principal, en términos de patología, es un sistema legislativo que se niega a controlar la distribución de las armas de fuego, algo que convierte a Estados Unidos en el único país del mundo donde un libro como este habría sido posible.

“Relacionado con banda”

La obsesión por asignar a un tiroteo el carácter de “relacionado con banda” y la ignorancia que muestra la expresión me recuerda una entrevista que hice hace 10 años a un septuagenario del Mississippi rural llamado Buford Posey. Él había vivido en Filadelfia (Mississippi) aproximadamente en el tiempo en que tres activistas por los derechos civiles –James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner­– habían sido asesinados. Mientras le hablaba de aquellos tiempos y de personas que vivían en esa ciudad (algunas de ellas, como Posey, aún vivían), y mencionaba algún nombre él inmediatamente comentaba, “Bueno, él estaba en el Klan”, o “Bueno, su papá estaba en el Klan”; algunas veces solo decía “Klan” y lo dejaba así.

Después de un rato, lo interrumpí y le pedí una confirmación. “Escuche”, le dije, no puedo dejar que usted diga eso de esas personas sin alguna prueba que lo corrobore. ¿Cómo sabe que estaban en el Klan?”.

“Diablos”, respondió con total naturalidad; “yo estaba en el Klan. En ese tiempo, casi todos estaban en el Klan por ahí. Estar en el Klan no era nada extraordinario.”

Por supuesto, nuestras lealtades y afiliaciones son elecciones personales. Ni Posey ni ninguno de los otros hombres blancos de Filadelfia estaban obligados a sumarse al Klan, y era claro que algunos eran participantes más entusiastas que otros (el mismo Posey había apoyado al movimiento por los derechos civiles).

También es cierto que el contexto influye en esas elecciones. Si Posey hubiera crecido en Vermont es poco probable que se hubiese unido alguna vez al Klan. Si un blanco de Vermont hubiera nacido y crecido en Mississippi en aquellos años, es probable que tuviera una sábana blanca planchada guardada en el armario para las ocasiones especiales.

Por entonces, para los hombres blancos de Filadelfia, el Klan era el sitio de intercambio social. Era el lugar obligado para quien tuviera alguna esperanza de avanzar en el medio local, de no estar al margen de las cosas o simplemente quisiese nadar con la corriente. Dado que de un modo u otro prácticamente todos los conocidos de alguien estaban involucrados, ser blanco y vivir en Filadelfia significaba, de alguna manera estar ‘relacionado con el Klan’. Eso no quiere decir que el hecho de estar en el Klan otorgase un aprobado a alguien, pero sí significa que si uno quiere entender cómo funcionaba, por qué tenía el alcance que tenía y, en última instancia, quiere derrotarlo y no quedarse en la condena retórica, ante todo hace falta entender su atractivo en ese momento.

Lo mismo es verdad en relación con las bandas urbanas en Estados Unidos. En el día que elegí al azar para analizar en mi libro, 10 niños y adolescentes murieron tiroteados. No todos los homicidas fueron apresados, y probablemente nunca lo sean. Sin embargo, según cómo se defina la expresión, es posible discutir la posibilidad de que ocho de esos asesinatos estuviesen relacionados con pandillas. Tanto el homicida como la víctima formaban (o es probable que hayan formado) parte de un grupo al que se podría llamar banda. En solo dos casos era claro que no había relación alguna con una banda; ni la víctima ni quien disparara el arma estaban en una banda ni la pertenencia a una banda tuvo algo que ver con el tiroteo. Pero todas las 10 muertes tuvieron un claro denominador común: las armas de fuego.

El énfasis puesto en la pertenencia a una pandilla siempre me ha parecido una manera de situar las muertes de menores en dos categorías distintas: las merecidas y las inmerecidas. Si un balazo está relacionado con una banda se presume que el chico es, en cierto modo, responsable de su propia muerte. Solo quienes nada tienen que ver con una banda son inocentes y por eso merecedores de nuestra simpatía.

Confeccionar una ‘lista negra’

Cuanto más hablaba con los familiares y las personas del lugar, tanto más claro se hizo lo inservible de una expresión como “relacionado con banda” en la comprensión de quien es tiroteado y por qué. Como expresión, a menudo es más usada para rechazar que para describir.

Ahí está Edwin Rajo, de 16 años, que fue mortalmente baleado en Houston (Texas) más o menos a las 8 de la noche de ese 23 de noviembre. Vivía en Bellaire Gardens, un complejo de apartamentos de pocas plantas en una calle muy concurrida con edificaciones comerciales y residenciales en una zona llamada Gulfton en el suroeste de Houston. El complejo está entre una tienda que vende vestidos para novias y ropas muy atrevidas para quinceañera* –la celebración del cumpleaños de 15 de una niña– y la parte trasera de un supermercado Fiesta, que forma parte de la cadena comercial tejana orientada a los hispanos, con estridente iluminación de neón como para hacer que uno se sienta en Las Vegas. En la acera de enfrente había una casa de empeños, un salón de belleza, una ‘taquería’ mexicana y un restaurante salvadoreño.

Los Southwest Cholos, manejan este barrio, complejo a complejo. No había forma de evitarlo. “Empezaron desde muy, muy, jóvenes”, me contó una de las maestras de Edwin. “En la escuela primaria, Tercer grado o cuarto. Es lo que pasa con los muchachos... te unes a ellos para que te protejan. Aunque no formes parte de la camarilla, en tanto estés asociado con ellos, no hay problema. Si quieres estar seguro debes estar en el grupo exclusivo. Si no, estás solo; te harán saltar.”

En otras palabras, si te crías en Bellaire Gardens eres miembro de una pandilla, de la misma manera que los ciudadanos de la URSS eran miembros del Partido Comunista y los iraquíes en tiempos de Saddam Hussein lo eran del partido Baaz. No hay mucha elección, es decir, en sí misma, la afiliación a una banda no significa mucho.

De hecho, Edwin, un adolescente travieso y algo inmaduro no era un miembro activo de los Cholos, aunque se identificaba con ellos. Ciertamente, daba la impresión de que ellos le consideraban un poco como una carga. “Lo aceptaban”, dijo su maestra. “Él estaba colgado de ellos, pero todavía no era uno más. Su mejor amiga en el complejo, Camila (no es su verdadero nombre), estaba en la pandilla; según se dice, era como su madre. Ella se vestía al estilo Cholo y tenía un apodo dado por la banda. Después de varios altercados con alguien de una banda rival, que los había amenazado y había disparado al hermano de Camila, ella decidió conseguir una pistola.

“Estábamos pensando como si fuésemos niños pequeños”, me dijo Camila. “En realidad, yo no sabía nada de pistolas. Solo sabía que sirven para disparar; eso era todo.”

Seguramente, aquella noche Edwin estaba en el apartamento de Camila. Se supone que estaban jugando con la pistola. En algún momento, ella le disparó a él; no se había dado cuenta de que aunque había quitado el cargador aún quedaba una bala en la recámara. Entonces, ¿ese disparo tiene algo que ver con la pandilla? Es cierto que quién disparó estaba en una banda, y que ella había sido amenazada por un miembro de una pandilla rival, y que sin duda Edwin quería estar en la banda de Camila.

¿O se trató de un disparo accidental en una circunstancia en la que dos adolescentes que no sabían nada de pistolas habían comprado una y entonces uno de ellos había resultado muerto mientras estaban tonteando?

De alguna manera, en un entorno en el que las pandillas lo manejan todo, muchas de las cosas que hace la mayoría de las personas acaban “relacionadas con bandas”. Pero definir cualquier afiliación como una complicidad en la violencia no solo significa dar por perdidos a los menores de comunidades enteras solo por el hecho de haber nacido en el lugar equivocado en un momento inoportuno sino también –de pasada– criminalizarlos.

Por una razón: el criterio de pertenencia a una banda no podría ser más subjetivo e impreciso. Los jefes de pandilla no entregan nada parecido a un carné de membresía. A veces es solo una cuestión de jóvenes andando por ahí.

Por ejemplo, Stanley Taylor, que resultó mortalmente herido de bala en las primeras horas de aquella mañana de noviembre en Charlotte (Carolina del Norte). Pasó mucho tiempo con sus amigos en la calle de Beatties Ford. “Yo no diría que son una banda”, dice su colega Trey. “Pero es algo del barrio, de Beatties Ford. Tenemos nuestro propio grupito exclusivo. Nosotros estamos en la zona oeste. La zona norte es otro barrio completamente distinto; ahí ni se te ocurra hacer el tonto. Todo el mundo está unido. Este es mi hermano, este es mi hermano. Todos estamos en el mismo grupo. Nos cuidamos las espaldas unos a otros. Yo no voy a dejar que alguien te toque. Si tú golpeas a mi colega, yo te golpeo a ti. Porque yo soy su hermano.”

Stanley recibió un balazo en una gasolinera cuando se produjo un altercado con Demontre Rice, de la zona norte, después de que este, según se dice, casi le atropellara al entrar. Es discutible que alguno de ellos supiese de dónde era el otro; aun así, Rice estuviera en una pandilla (algo que yo no pude confirmar) que relacionara, ciertamente, eso haría que esta muerte se ‘relacionara con banda’.

Algunas veces, las bandas tienen verdaderos ritos de iniciación. No obstante, dado que la filiación a una banda puede conducir a actividades delictivas, las autoridades están tratando continuamente de acercarse a métodos más rigurosos de identificar a los miembros de bandas. Es casi inevitable que semejantes intentos echen pronto mano de los estereotipos. Por ejemplo, un artículo de 1999 publicado en Colorines, señalaba que en “por lo menos cinco estados, usar tejanos anchos de FUBU** y ser relacionado con una banda sospechosa es suficiente para definir la ‘pertenencia a una pandilla’. En Arizona, un tatuaje y unas zapatillas Adidas de color azul alcanzan para lo mismo”. En la suburbana Aurora (Colorado), la policía local decidió que dos de los siguientes rasgos constituían pertenencia a banda: “uso de argot, ropa de un color determinado, uso de buscapersonas, un corte de pelo determinado, uso de joyas”.

La población negra de Aurora llega al 11 por ciento y figura en el 80 por ciento de su base de datos sobre bandas. Al responsable local de ACLU*** se ha oído decir: “Esta base da datos también podría llamarse lista negra”.

Armas de fuego por todas partes

Las pandillas no son algo novedoso ni algo específicamente racial. Hace mucho tiempo que, desde las bandas irlandesas, polacas, judías y puertorriqueñas de Nueva York hasta la Mafia, variados tipos de agrupamiento de sobre todo –pero no exclusivamente– hombres jóvenes forman parte de la vida de Occidente. Es frecuente que vinculen lo social, la violencia, el espíritu emprendedor y lo criminal. Dicho esto, de ninguna manera hay que minimizar el daño, a menudo letal, que las bandas organizadas ocasionan a la juventud.

Todos decían que uno de los muchachos que murió ese 23 de noviembre en Chicago, Tysohn Anderson, de 18 años, era miembro de una pandilla. Hacía mucho tiempo que su madrina, Regina, pensaba que la vida de Tyshon tendría un final temprano. “Robaba, vendía droga, había matado. Él mandaba en la calle. Era realmente así. Sobre todo para alguien tan joven. Tenía poder. Muchas personas le tenían temor y estaban asustadas. Sé que tenía algunos muertos en su haber. Yo lo vi crecer, y sé que podría haber sido un buen chico. Pero no tiene sentido dorar la píldora. Era un chico malo, también.” Si yo hubiese elegido otro día, muy bien podría estar escribiendo sobre una víctima de Tyshon.

Aunque los jóvenes involucrados en bandas son una pequeña minoría del total, las cifras son importantes. En Estados Unidos, según la Encuesta Nacional de Bandas Juveniles (NYGS, por sus siglas en inglés), en 2012, había alrededor de 30.000 pandillas, y sus integrantes superaban los 800.000, más o menos la población de Amsterdam.

Lo novedoso en esto no son las bandas en sí mismas sino el aumento de su letalidad en los últimos años. Según la NYGS, entre 2007 y 2012 la pertenencia a pandillas aumentó en un 8 por ciento pero los homicidios relacionados con bandas aumentaron en un 20 por ciento. Da la impresión de que la principal razón de que la actividad de las bandas sea mucho más letal es la cada vez más fácil disponibilidad de las armas de fuego, y también del incremento de la eficacia mortal de esas armas. Estudios realizados por el condado de Los Angeles entre 1979 y 1994 han revelado que la proporción de incidentes relacionados con pandillas en los que se emplearon armas de fuego y terminaron en muertes saltaron del 71 por ciento al 95. “El contraste con lo que sucede hoy en día es sorprendente”, dice el sociólogo Malcom Klein, después de llegar a conclusiones similares en Filadelfia y la zona este de Los Angeles. “Ahora, las armas de fuego son lo normal. Se compran con facilidad o se pueden conseguir prestadas; hay más disponibilidad que en el pasado.”

Esto dificulta enormemente la labor de los padres o tutores cuando tratan de proteger a los adolescentes de las malas compañías o las elecciones inapropiadas (como los padres de todas las clases y etnias suelen hacer). Identificarse con una banda y hacer algo aparentemente inofensivo, como llevar vestimenta de un color determinado o hacer amistad con la persona inadecuada puede resultar en una muerte prematura. Como resultado de ello, el padre de Gustin Hinnant, de Goldsboro (Carolina del Norte) acostumbraba quemar las prendas rojas de su hijo si veía que las usaba con demasiada frecuencia. Gustin murió joven de todos modos, alcanzado en la cabeza por una bala perdida destinada a otro muchacho de una banda. La abuela de Pedro Cortez, de San Jose (California), solía esconder las camisetas rojas de su nieto –este color lo identificaba con la banda local de los Norteños– solo por si acaso. Aun así, el mismo 23 de noviembre, Pedro –que era invidente – fue muerto de un disparo mientras paseaba por un parque. Llevaba ropa negra pero, por cierto, el amigo que iba a su lado vestía de rojo.

Las pandillas no son una exclusividad de Estados Unidos, ni los progenitores estadounidenses son peores que los de otros lugares del mundo; tampoco sus hijos son peores. Sin embargo, hay una diferencia entre Estado Unidos y los otros países del mundo Occidental que es imposible eludirla; si así no fuera, mi libro sería inconcebible. Este país es el único sitio donde, además de la yesca de la pobreza, la desigualdad y la segregación racial –entre otros desafíos–, está la combustible presencia de las armas de fuego; armas de fuego por todas partes, armas de fuego tan a mano que son absolutamente inevitables.

En tanto los estadounidenses se nieguen a implicarse en esta realidad tan sencilla de su panorama social, las muertes como las que he descrito en mi libro continuarán ocurriendo con una truculenta regularidad. De hecho, yo podría haber elegido cualquier sábado de las dos últimas décadas; el resultado hubiese sido el mismo.

Subestimar esas muertes con la expresión “relacionadas con bandas” –que equivale a deshacerse de las víctimas por pertenecer a una categoría moral inferior– es una forma de no enfrentar la realidad de Estados Unidos. Pone el ruido de fondo de la muerte cotidiana en un volumen lo suficientemente bajo como para permitir que el país siga en sus asuntos sin que se sienta perturbado. Asegura una confluencia de la cultura, la política y la economía que garantice que un promedio de siete menores se levanten pero no regresen a dormir cada día del año, mientras que la mayoría de la población duerme profundamente.


* En castellano en el original. (N. del T.)
** FUBU es una marca de ropa Hip Hop. (N. del T.)
*** ACLU son las siglas, en inglés, de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles. (N. del T.)


Gary Younge es editor de The Guardian; trabajó durante 12 años en Estados Unidos, pero regresó recientemente a Londres. También escribe la columna mensual “Beneath the Radar” para la revista The Nation; es el Compañero Alfred Knobler en el Nation Institute. Su libro más reciente es 
Another Day in the Death of America: A Chronicle of Ten Short Lives (Nation Books
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